Es sabido que, aunque el año comienza en enero, en realidad, siempre hay dos comienzos de ciclo: el 1 de enero y el que viene aparejado al fin del descanso estival y el inicio del curso escolar en septiembre. Es la vuelta a los trabajos, a las rutinas, a los hábitos que mantenemos a lo largo de casi todo el año. Podríamos decir que es la “vuelta a la normalidad”. Ni que decir hay que este año esa vuelta a la normalidad no se llevará a cabo porque si bien es cierto que volveremos, esta vuelta será a “algo” que aún no sabemos qué será. Como poco, a esa cacareada “nueva normalidad” que ha acabado no siendo otra cosa que la constante incertidumbre. Lo único que sabemos de la “nueva normalidad” es que es la “no normalidad” y el continuo estado de suspense. Sin embargo, aunque vivimos en una era en la que la sociedad occidental soporta mal la ausencia de seguridad, a todo se hacen los cuerpos. No sabemos cómo será el curso escolar, no sabemos cómo irá la economía (aunque nos lo podemos barruntar), no sabemos si perderemos nuestro trabajo, no sabemos si se realizarán las habituales actividades municipales deportivas, culturales, comerciales… no sabemos ni siquiera si nos despertaremos algún día bajo la prohibición de salir de casa. Sin embargo, parece que todo ese estado de incertidumbre y zozobra lo hemos interiorizado y lo llevamos con la suficiente resignación como para poder vivir el día a día. Lo daremos por bueno si las autoridades en todos los ámbitos de la Administración toman decisiones acertadas para acabar, o al menos sobrellevar, esta terrible pandemia.

Si es verdad que al gobernante le corresponde tomar con tino las decisiones adecuadas en el momento propicio, es igualmente cierto que corresponde al ciudadano actuar con responsabilidad y seguir en todo momento las recomendaciones sanitarias que se tengan a bien dictar. Si durante la pasada primavera Manzanares en su conjunto dio una lección de responsabilidad, unión y solidaridad, nadie alberga dudas de que volverá a hacerlo, llegado el caso.

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